Jorge Amado. Doña Flor y sus dos maridos
(Esta entrada fue colgada en mayo del año pasado. Debido a un ataque de spam que me trae loca, la he eliminado y la vuelvo a colgar, el libro es excelente, sigue siendo excelente. Sólo me apena prescindir de los comentarios que tenía. )
Doña Flor y sus dos maridos es una novela que, sin pertenecer estrictamente al género de literatura erótica, me resulta tremendamente excitante.
Jorge Amado, insigne escritor brasileño, presenta la sociedad bahiana mestiza en una sensualidad de curvas y sabores de la mano de doña Flor, mujer ardiente aunque llena de contradicciones y prejuicios, que crece en las relaciones íntimas como tantas de nosotras, desde un pudor ardiente a una entrega febril. Me impresiona el conocimiento y la empatía del autor sobre la
mente femenina y sus voluptuosidades, con las que se recrea maravillosamente bien. Las escenas íntimas están contadas con tanta gracia y buen hacer, que durante la lectura de esta magnífica historia pude meterme en la piel de Flor, vivir sus emociones y pasiones y disfruté muchísimo. Tuve la sensación de haber hecho nuevos amigos, haberme enamorado, haber sufrido de celos y haber estado presa de esa pasión lúbrica que producen los encuentros sexuales con nuevas pieles.
Copio un párrafo de un encuentro sexual de doña Flor con su primer marido, Vadinho, un calavera encantador, amante de primera.
En la sala, las puertas del cielo se abrieron, irrumpió el canto de aleluya. “¿Donde se vio copular en camisón?”, doña Flor tan desnuda como él, uno con la desnudez del otro vistiéndose y completándose. Lanza de fuego la traspasó: por segunda vez, Vadinho le quitó su honor, primero el de doncella, ahora el de casada (otros más hubiera y él también se los quitaría). Allá se fueron por los prados de la noche hasta la orilla de la mañana.
Nunca se había dado así, tan suelta, tan fogosa, tan con gula encendida, tan en delirio. ¡Ah!, Vadinho, si sentías hambre y sed, ¿qué decir de mí, mantenida en régimen pobre e insulso, casta esposa de marido respetuoso y sobrio? ¿qué me importan mi concepto en la calle y en la ciudad, mi nombre digno? ¿mi honor de casada qué me importa? Toma todo esto en tu boca ardiente, de cebolla cruda, quema en tu fuego mi decencia innata, rasga con tus espuelas mi pudor antiguo, soy tu perra, tu yegua, tu puta.
Fueron y vinieron, acudieron y respondieron, y apenas de vuelta, ya otra vez partían, de llegada y regreso. Tantas saudades, tantas metas por cumplir, todas alcanzadas, algunas repetidas.
Insolente y bien amada, puerca y linda, la voz de Vadinho diciéndole tantas indecencias, recordándose dulzuras de otro tiempo.
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En la sala, las puertas del cielo se abrieron, irrumpió el canto de aleluya. “¿Donde se vio copular en camisón?”, doña Flor tan desnuda como él, uno con la desnudez del otro vistiéndose y completándose. Lanza de fuego la traspasó: por segunda vez, Vadinho le quitó su honor, primero el de doncella, ahora el de casada (otros más hubiera y él también se los quitaría). Allá se fueron por los prados de la noche hasta la orilla de la mañana.