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El vello de los protagonistas de Crisol Púbico

Llegados a este punto de Crisol Púbico, os he presentado a los personajes principales de este novelón pornográfico y me dispongo a entrar de lleno en el meollo del argumento. Hoy hago un repaso para situar a los personajes y lo hago mediante la visualización de sus pubis. Bajaré las bragas a las chicas, liberaré de los calzoncillos a los señores y os mostraré esa zona que rodea sus genitales, los aledaños del sexo, que en la mujer lleva el hermoso nombre “monte de Venus”. Es un lugar ignoto, misterioso, del que poco sabemos del de nuestros parientes, que desconocemos de nuestros amigos y por supuesto de los vecinos o compañeros de trabajo. Es un sospechoso escondrijo que sigue considerándose transgresor mostrar libremente. Es una parte de nuestro cuerpo que pasa la mayor parte del tiempo escondida, un recoveco que protegemos del mundo exterior dada su vital imporancia, una zona altamente censurada en nuestro subconsciente colectivo que destapamos, casi exclusivamente, ante el amante como acto de entrega.

Desnudo pues, para todos ustedes, en absoluta primicia y con sumo placer, los genitales de mis protagonistas y lo hago porque me gusta hacerlo.

Laura, la hermosa y carnal Laura, sólo depila su toisson en verano para ir a la playa. Lo hace en el salón de belleza y se limita a eliminar los pelos que se verían al vestir bañador. El resto del año recorta los pelitos cuando ya están largos de más. Para hacerlo se sienta a horcajadas en el bidé y con unas tijeritas de metal, corta los rizos que va echando en una bolsa de plástico de la que después se desprende tirándola a la basura.

Carmen se hizo la definitiva hace años y luce un perfecto tiquet de metro coquetón que luce monísimo si sus bragas son translúcidas, ella lo sabe y siempre lleva braguitas de encaje calado, es muy presumida con su lencería. Su ex marido se rasura con la misma maquinilla con que afeita la barba de su cara y hace muy bien, porque con lo chiquitín que es su pene si se dejara melenas ni se le vería el gusanito.

Victor se afeita completo todos los viernes por la noche, en la ducha, que por cierto deja perdida. Pero no es constante, a veces se olvida y se pasan hasta tres o cuatro semanas. El tipo tiene la gran suerte de que se ponga como se ponga su polla luce divina, ese cilindro negro de generoso capullo y tronco perfecto es precioso rapado y es lindísimo con los ricitos claros que le salen alrededor como un bosquecillo de margaritas acompañando al roble.

El viejo, si no se afeitase, tendría pelos canos en su pubis, lisos y suaves, pero tiene la delicadeza de recortar su pelamen cuando se sienta en el reservado, allí dispone de mucho tiempo debido a su estreñimiento crónico. Su mujer ahora ya ni se toca allí, pero de joven había que dejarla bailar sola en lo que a belleza púbica se refiere a pesar de -o gracias a - su clitoromegalia. Era un coño de esos antiguos, un cofre de rizos ensortijados que daba mucha alegría desenredar para encontrar por fin el bello rubí hiperdesarrollado con el que tan rácanamente obsequió a su esposo y tan manirrota dispendió con el carnicero. El carnicero, que tanto disfrutó del estuche con perla gigantesca de su cuñada, luce a su vez melena leonina. El carinicero no se los ha cortado en la vida, es posible que considere que eso es cosa de maricones, y menuda mata tiene el fulano, de esas de rizos negros tupidos, que vista su verga erguida saliendo de aquel barullo semeja talmente el mango de un brush.

La prima lesbiana, aquella que “violó” a la tierna Laura siendo adolescentes, se rapa al cero porque, además de que tiene el chochito monísimo, todo rosa, se ha puesto un tatuaje en letras chinas justo al comienzo de la rajita y le encanta lucirlo con unas y con otras.

La flautista, esa diosa de las felaciones, metamorfosea su monte de Venus según el amante que la acompañe en una ductilidad constante. Cuando estaba con el ex de Carmen y llevaban rollo hippie, ni se depilaba ni cortaba ni retocaba, libres crecían sus rizos castaños que se prolongaban hasta bien avanzadas las ingles, pero con el batería por el que dejó al ex se hizo allí abajo de todo. Él era un tipo muy creativo y le gustaba encargarse personalmente de la estética de la concha de su chica. Le encantaba admirarla mientras ella efectuaba la consabida felación y se recreaba imaginando peinados: le hizo trencitas, tirabuzones, chichos, se lo puso en plan estética punki, le dejó un penacho muy gracioso que luego tiñó de rojo, después de verde, pero ya no le dio para probar más colores porque ella lo dejó por otro.

Ismael y Samuel no tienen ni un pelo ¡ni uno! En todo el cuerpo, ni por delante ni por detrás, ni en la cabeza, ni en los hombros ni en la monumental espalda, barbilampiños sus duros culos, imberbes sus musculados pechos, lisas las tabletas de chocolate de sus abdominales que bajan sin obstáculo piloso pubis abajo hasta la curva de sus príapos, calvos por excelencia.

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Este cuento es el número 19 de la colección de relatos hilados Crisol púbico

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