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Carmen, apuntes sobre su biografía

Carmen es una profesional como la copa de un pino, camarera desde los quince, sabe su oficio al dedillo y atiende a la clientela con la eficacia que caracteriza a la hostelería española, con la educación que caracteriza a la hostelería portuguesa. Conoce los nombres de los clientes habituales y cómo servirles el café, si largo de agua, si cortadito corto, etc. Es agradable por naturaleza pero no tuvo demasiada suerte en el amor si entendemos “suerte” como la consecución de una pareja estable para hacer nido. Se casó a los diecinueve y su matrimonio duró ocho años de convivencia irregular y de polvos conyugales, al final ya aburridísimos pero al principio no: al principio follaban muy bien. Hay que pensar que de aquella no había pornografía masiva y los novios llegaban al matrimonio sin tener mucha idea, pero no contra-informados. Si se dejaban llevar por su instinto, podían hacer bien las cosas. Ese fue el caso de ex marido de Carmen con su espléndida manera de acariciar las zonas más íntimas de su mujer aquellos primeros tiempos. Consideraba que la vagina era una zona tremendamente delicada y no se atrevía a restregar o a frotar enérgicamente, sino que repasaba con los deditos con una sutileza delicadísima, tanto, que pone los pelos de punta sólo de pensarlo. Como además no había visto un coño en su vida, se deleitaba largo y tendido, sin prisa ninguna, a repasar las arruguitas con todo cuidado mirando con mucha atención sin perder ripio. Después, sin más, dejó de hacerlo así y fue una tremenda lástima, luego ya sabía el camino y cogía el atajo, Carmen llegaba al clímax, sí, pero aquel hermoso sendero sinuoso era ahora una autopista funcional y sosa. Fue un matrimonio tonto, el de ellos, y no me refiero solamente a que él perdió el don de acariciar divinamente, es que además no le hizo el culo, ni manifestó siquiera el menor interés.

El ex de Carmen era una especie de hippie que flipaba con el “haz el amor y no la guerra”, el Che, la marihuana y las chicas de dieciocho con pelos largos despeinados y pulseras de cuero superpuestas de modo que no estaba preparado para la vida matrimonial en la que se embarcó alegremente. La convivencia fue cayendo progresivamente en picado y se dejaron por fin después de una noche en la que él salió de marcha y no apareció por casa en una semana. Pese a los desplantes, Carmen no guarda rencor y mantienen una cierta amistad, o más bien acuden el uno al otro cuando están de bajón. Cada vez son más frecuentes los bajones de su ex, puesto que él, fiel a sí mismo, sigue gustando de las de dieciocho de piercings pero cada vez casa menos con ellas, que ya es un poco el hazmereir en las fiestas de solsticio de verano, con el mismo cansino rollo guay de siempre. Ahora el ex de Carmen es una caricatura del progre moderno que fue, pero es buen tipo: amigo de sus amigos y fiel en términos generales.
Pero la culpa de la ausencia de sexo anal en el matrimonio considero que fue de ambos: Carmen nunca declaró sus fantasías a su esposo, y a él ni se le pasó por la cabeza: ella por escrúpulos, él por falta de intuición, el culo de Carmen seguía sin tener actividad alguna además de la evidente. Las vergüenzas son telarañas de hierro cuando se tienen veinte pero si la evolución personal es consecuente, a los cuarenta están rotas y Carmen desde luego había espabilado. Ya ahora no se anda con pamplinas cuando duerme acompañada: con educación y estilo Carmen ofrece sus preferencias y la mayoría se sienten afortunados. Claro que algunos son pura torpeza, que creen que allí es igual que acá.
Por eso le tiene tanto cariño a Víctor, que con su magnífica intuición se la metió contra natura sin siquiera ella insinuarlo: repasando con las manos y la lengua, afinando el cuerpo de viola de su amante, Victor presintió los placeres, evitó los chirríos, sintonizó la melodía y supo ofrecer concierto de barítono en los jardines de Sodoma.

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Este cuento es el número 9 de la colección de relatos hilados Crisol púbico

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