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Apetito sexual de Andrés, el cirujano

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Andrés es un buen tipo, médico cirujano de profesión. Serio en su consulta, cerebral y firme. Un doctor en cuyas manos dejas tu vientre enfermo con una cierta sensación de alivio, con la percepción de que detrás de esa mirada reconcentrada hay aplomo, sabiduría y buen hacer.

Agnóstico convicto, se enfrenta cada día a la muerte. Cada día disecciona tripas y vísceras y se maneja entre los sangrantes órganos tumorados y malformados intentando alejar de sí cualquier sentimiento de piedad o compasión: un profesional escéptico con una secreta válvula de escape: el sexo, gratuito o de pago, es lo mismo.

Es en la pasión erótica donde Andrés se resarce de todo ese dolor de hospital, es en el cuerpo sano de una mujer donde hace su canto a la vida. Disfruta de la cópula más que nadie, con la fruición del que sabe de la fatuidad. Andrés venera el cuerpo femenino y allí donde se crea la vida, en ese lugar de la hembra que la distingue del macho, allí donde está el origen del ser, Andrés se extasía, se deleita, se pierde y desfoga sus ansias de vividor de fondo. Abre su objeto de adoración, bien abierto, y observa el coño con todo su ser.

Foto perteneciente a la colección Rotenbereg

Foto perteneciente a la colección Rotenbereg

Como si de un ritual chamánico se tratase, el doctor aspira ese olor a principio de los tiempos, ese olor al fondo de los mares que Andrés se sumerge en la ambrosía, se emborracha todo loco. Ebrio de placer, lame, chupa, absorbe y  se siente renacer.

Es impresionante la entrega en la monta de Andrés, con seriedad mística y fiereza incontenida, gimiendo, rechinando los dientes y retorciéndose, emitiendo  alaridos guturales más propios de un primate que de un cirujano portentoso y estudiado…

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