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Sexo telefónico

Dos veces he practicado sexo telefónico, con dos hombres distintos, ambos “amigos desconocidos” con los que entablé relación en la red.

Al primero le hice yo el trabajito oral en un afán por saber si, llegado el caso, sería capaz de ganarme la vida respondiendo a un teléfono erótico. No me haría rica, me salió topicazo:

-¿Dónde quieres que lleve mi lengua?

Roxanne Brexwer. Años setenta. Tomado de "The Big Book Of Breast" editado por Taschen.

Roxanne Brexter. Años setenta. Tomada de "El Libro de los grandes pechos" editado por Taschen

Divertido fue, pero calentar no me calenté, y me daba la risita esa de novata, nerviosa y boba.

La segunda vez surgió sin buscarlo: mi interlocutor es otro bloguero que solicitó entablar conversación conmigo para disertar sobre nuestra afición común, ésta  de postear, y estuvimos de palique durante un par de horas muy amenas, disertando sobre asuntos serios que nos incumben a ambos. Pero una cosa llevó a la otra y no sé cómo me encontré con las bragas  enroscadas en las rodillas y con la mano derecha en el centro de placer - la izquierda no soltaba el aparato telefónico, la escucha sin dudas interesaba a mi lujuriosa orejita-. La cosa remató en un calentón, un éxtasis solitario con animación auditiva.

Fué él el que soltó carrete verbal, explícito e impudoroso, en susurros de voz masculina. Yo me limité a fantasear y a emitir los suspiros habituales:

- Mmmm, ay, mmmm, aaayyy …

Conclusión: no siempre es necesaria una polla, a veces una buena prosa alcanza objetivos similares, pero si me dan a elegir me quedo con las tres eses: sudor, saliva y semen. Claro.

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