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Otra vez

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Otra vez los nervios.

Mientras subo la escalera por delante de él, me pregunto si se habrá dado cuenta de que me tiemblan las piernas. Igual que aquel otro día de hace ya tanto tiempo. No nos hemos dicho gran cosa, sólo alguna frase de puro trámite después de unos besos en la mejilla, cohibidos todavía.

La otra vez yo le esperaba tras la puerta, en cambio ahora hemos entrado los dos al tiempo, él aún detrás de mí, pero el ritual es el mismo. Dejo caer el bolso al suelo, cierro los ojos, me dejo estrechar en sus brazos. Se me pierden las manos entre su pelo. Pasa un buen rato hasta que sus labios buscan los míos, de momento sólo nos abrazamos, con el asombro de que esto que parecía imposible esté sucediendo. Estrecho otra vez su cintura que tan bien recuerdo y dejo resbalar mis manos por su espalda, dejando que mis nervios se transformen, gozando de la sensación de volver al hogar de su cuerpo.

No tenemos prisa, aunque cuando la tarde acabe parecerá que no ha pasado el tiempo. Me dejo llevar de la mano hasta la cama, que se adivina grande a la escasa luz que entra por la persiana. Nos tendemos, totalmente vestidos aún, sólo besándonos. Pero ahora dejando que las manos se vayan atreviendo por debajo de la ropa, reconociendo la piel que acariciaron tiempo atrás, tanteando los signos de la excitación que se abre paso casi con vergüenza, pero imparable ya. Las prendas desaparecen poco a poco, cuando nos damos cuenta están en el suelo a los pies de la cama, hechas un montón informe, y nosotros estamos desnudos y abrazados como si el tiempo no hubiera pasado desde la primera vez.

No hay ansiedad ni prisas. Todo lo que hacemos nos lleva a un solo camino, pero sólo cuenta disfrutar el trayecto. No se sabe cuánto nos demoramos en recorrer con manos y labios nuestros cuerpos cubiertos de sudor, o en besarnos sin pensar en nada más que en la calidez de la boca del otro. En algún momento, casi sin darnos cuenta, su lengua ha interrumpido su paseo por mi cuerpo y se ha parado en mi sexo, dejándome exhausta pero ansiosa de tenerle dentro: los dos sabemos cómo, él sobre mí, ambos abrazados imposiblemente cerca, moviéndonos muy despacio. Todo el mundo concentrado en ese punto donde los dos cuerpos se hacen uno solo, una unión tan cercana y tan íntima que trasciende el sexo.

Poco a poco regresamos al mundo real y las manecillas del reloj vuelven a tener sentido. Nos despediremos con un beso, quizá hasta pronto, regresaremos cansados, agradecidos, con la sensación de haber pasado unas horas en otro mundo, en una geografía hecha de pieles y deseos.

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