La Roca del Adios – Libro II de Añoranzas y pesares – Tad Williams
El fuego chasqueaba y escupía cuando los copos de nieve caían sobre las llamas para consumirse en un instante. Los árboles de alrededor aún recibían pinceladas de color anaranjado, pero la fogata del campamento se había reducido ya hasta quedar sólo las ascuas. Más allá de esta frágil barrera de luz, la niebla, el frío y la oscuridad esperaban con paciencia.
Deornoth acercó más las manos a los rescoldos y trató de hacer caso omiso de la vasta presencia viva del bosque de Aldheorte que los envolvía, con las enredadas ramas que escondían las estrellas, los troncos ocultos por la boira que se balanceaba en el gélido e incesante viento… Josua se hallaba sentado frente a él, la mirada apartada de las llamas, en dirección a la hostil negrura. El angular rostro del príncipe, teñido de rojo por el resplandor del fuego, estaba contraído en una silenciosa mueca. A Deornoth le dolía en el alma, pero en esos momentos era difícil mirarlo. Por eso apartó al vista, frotándose los helados dedos como si con ello pudiera eliminar todo el sufrimiento: el suyo, el de su amo y el del resto del lastimosos y derrengado grupo.
Alguien gimió cerca, pero Deornoth no hizo caso. Eran muchos de su partida los que sufrían, y un par de ellos —la pequeña sirvienta, que tenía una espantosa herida en el cuello, y Helmfest, uno de los hombres del condestable, mordido por las infernales criaturas— no llegarían, probablemente, a la mañana siguiente.
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