ME DEJASTE SIN PALABRAS..

Me convenciste para volver a llevarte al apartamento, gracias al juego que compraste y a conocer mis puntos débiles. Disfrutaste cuando te follé tras confesarme tu ansia de que el cliente te sodomice. Ardía de rabia y lujuria tras oír a mi esposa, mi propia esposa, diciéndome eso.
Está claro que el cliente te ha impactado. Al menos, cuanto yo había previsto. Pero creo que todavía más.
Está claro que el cliente te ha impactado. Al menos, cuanto yo había previsto. Pero creo que todavía más.
Justo por eso concebí un plan, antes de volver a alquilarte. Una cena íntima en el restaurante donde nuestras fantasías subieron de nivel. Donde me persuadiste por primera vez para ser mala durante uno de mis viajes.
Reservé a la última hora que admitían mesas. Para que conforme se encendiera nuestra conversación, el local fuera vaciándose.
Estabas guapísima con ese vestido de raso tan elegante, que dejaba al descubierto tus incitantes hombros y te ceñía la cintura. Sin oprimir el pecho, con la falda a la altura de la rodilla. De color rojo, así como las medias de rejilla. Un rojo similar al de la lamparita que te había iluminado dos veces, atada para tu cliente, ante mis ojos.
Lo único que no elegí yo, ni quise ver, fue el tanga que pedí te pusieras.
Habíamos compartido de aperitivo un platito con gambas al ajillo, y nos prepararon para después un rodaballo al horno, todo regado con vino verde portugués.
Terminábamos el pescado mientras te comentaba los progresos en mi nuevo cuadro. Llevabas tiempo sin verlo, y me encanta que a veces vengas al estudio por sorpresa, para chupármela mientras retoco algún detalle.
Sólo quedaba ya otra mesa ocupada, donde apuraban el café un matrimonio mayor. El maître de siempre nos miraba respetuosamente desde lejos, esperando el momento correcto para acercarse a proponernos postre.
Ya podía anunciarte: “Tenía un motivo especial para traerte hoy aquí, cariño”. Respondiste, pícaramente, “lo supuse, cuando me pediste que me pusiera un tanga nuevo”.
Bebiendo un sorbo de vino, dije “El motivo es tu cliente”. Tu cuerpo dio un respingo de asombro.
“Porque voy a contarte cómo empezó todo. Ya que me pides verle, y tocarle. Además de abrirle el culo”.
Sonreíste con lujuria, pero seguías atónita.
“Termina el pescado mientras te cuento. Que se enfría”.
Asentiste. Intrigada y caliente a la vez.
“Fue aquí donde me convenciste para ser mala durante un viaje mío, con el vecino. Besuqueando y lamiendo la punta de un plátano bien duro. Conseguiste que un marido te autorizara a lo que podía haber sido una infidelidad”.
Continuaste comiendo, escuchando con expectación.
“El maître te vio, también unos ejecutivos que estaban al lado. Eso te gustaba, y te impulsaba a seguir. Mientras yo ardía de celos y deseo, empalmado justo antes de tener que irme”.
El matrimonio mayor pagó y se marchaba ya, dejándonos solos. Continué:
“Lo que te he ocultado hasta ahora es que causaste más impresión aquí de la que imaginabas. Por tu modo de suplicar chupando”
Tu calentura crecía, era evidente. Justo entonces el maître se acercó, mientras un camarero joven iba retirando el servicio. Sin dejarle hablar, le pedí “Para mí un pacharán y para ella natillas con canela, Benito”.
Ambos asintieron y se retiraron en silencio. Yo seguí:
“Cuando me llamaste al hotel, me sugeriste que pensara yo cómo habías sido mala”
Sonreíste en respuesta, cruzando las piernas, empezando a rozarte.
“¿Nunca has pensado por qué pensé que le habías hecho un número al vecino chupando natillas de una polla artificial, marrón oscura?”
“Amor…” , conseguiste balbucir, turbada por todo lo que estabas descubriendo.
“No fue casualidad, no”, interrumpí observando tu impresión. Querías saber más, querías saberlo todo. Y sin duda estabas humedeciéndote.
“Piensa, y relaciona. Aquí me conocen desde hace años, sabes que tengo cuenta abierta de la galería. Tengo confianza con todos, sé la vida y milagros de cada uno, me deben favores”.
De manos del propio maître, llegaron mi copa y tu plato con natillas. Le ordené “Gracias, Benito. Ahora déjanos solos, luego os llamo para firmar la cuenta”. Obedeció al instante y en silencio.
“Olvida la cucharilla, cariño. Eres una gatita y tienes que tomar las natillas a lametones”. Mi miraste, a la vez perpleja y ardiendo, con tu expectación estimulada al máximo. No salías de tu asombro, la sala estaba desierta, no se oía nada. Y ese tanga que no había visto seguro que estaba jugoso. Añadí “Como hiciste ante el vecino en mi fantasía, con una polla”.
Empezaste a obedecer, muy a gusto. Yo no estaba menos excitado que tú. Tras dar un buen sorbo a mi copa, agregué “Mírame continuamente. Y continúa callada”.
Seguiste lamiendo sumisamente, mirándome con ansiedad. Y yo continué informándote: “La siguiente vez que volví, descubrí que un hombre se había excitado en especial viéndote con el plátano. Un hombre que conozco desde que entró a trabajar aquí. Y al que desde siempre noté unos genitales enormes, que trataba de disimular con los pantalones más sueltos que le permitía el uniforme”.
Tu expresión iba volviéndose más lúbrica, ya estabas masturbándote descaradamente con el roce de las piernas mientras saboreabas las natillas.
“Tú viste ese hombre aquel día, pero no reparaste en él. En cambio, él se calentó viendo lo puta que eres”.
Tu respiración se agitaba, me mirabas con intensidad sexual, maravillada por lo que te estaba confesando. Y mi polla ya estaba dura, apremiante. Tuve que desabrocharme el pantalón, mientras continuaba:
“Le dije que eres mi esclava, y una guarra fantástica. Y que te alquilaba, pero sólo a quien yo quería. Que podía estar contigo, siempre y cuando aceptara mis condiciones. No bastaba con pagar. Tenía que hacer lo que a mí se me antojara, y conmigo delante. Añadí que lo hacemos así también con otros, para que pensara que eres aún más puta de lo que eres”.
Gemiste de placer morboso, agradeciéndome con la mirada aquellas palabras, celebrando mudamente que hubiera alumbrado aquella idea, que hubiera captado aquel hombre como cliente de tu cuerpo indefenso.
Agitado de lujuria y celos a la vez, añadí alterado, subrayando cada frase con la mirada: “Disfrutó mucho chupándote las tetas, lamiendo tus pezones en punta. Metiéndote los dedos, uno tras otro. Comiéndote por encima de las bragas, hundiendo así la lengua en tu culito ansioso. Clavándote la polla hasta el fondo del chocho, que tenías empapado. Oyendo tus orgasmos, sintiendo tus meneos cuando te corres”.
Gemías de locura morbosa, saboreando cada una de mis frases en una evocación delirante, mientras con la mano derecha te masturbabas despacio y sensualmente, sin despegar la lengua del plato, ni los ojos de mí. Lo rematé agregando:
“Por cierto, no ha dejado de mirar desde que empezaste a lamer. Está enfrente, en el ventanuco de la cocina. Por eso reservé justo esta mesa”. Te quedaste paralizada de asombro, pero no sacaste la mano de la entrepierna. Sin darte tiempo a reaccionar ni a asimilarlo, me levanté, me puse a tu lado y me masturbé encima de lo poco que quedaba del postre, ordenándote “Sigue, zorra”.
Jadeando de placer perverso, empezaste a correrte, mientras tu boca disfrutaba la mezcla de mi semen con las natillas y la canela.
Tras guardarme la polla, volví a mi asiento, bebí un poco más y te ordené: “que no quede nada”. Obedeciste, en los últimos estertores del orgasmo.
Satisfecho, te dije “Bien. Ya sabes quien es tu cliente. El primero de los que vas a tener, quiero decir”. Ronroneaste de satisfacción, y te ordené “Ahora levanta el plato y enséñalo. Que vea que está totalmente limpio”. Obedeciste, mientras relamías los restos. Aún no habías asimilado del todo lo que te había contado, lo que acababa de suceder, estabas como en una nube. Pero te sentías dichosa.
Acabé la copa, mientras alternativamente me mirabas a mí y hacia el ventanuco a mi espalda, mostrando el plato. Necesitabas íntimamente que viéramos que no habías dejado ni una gota.
Sonreí, contento de lo bien que había salido mi plan y de advertir cuánto te había gustado mi forma de informarte sobre tu cliente.
Dejaste el plato sobre la mesa, agradeciéndome con la mirada la experiencia. Remaché susurrándote “Hoy ha disfrutado mirándote en gatita, viéndote lamer el semen de tu dueño. Le cobré por adelantado”.
Ibas a acariciarme una mano, con una gran expresión de felicidad, cuando te pedí: “Cierra los ojos”. Obedeciste sin pensarlo dos veces, y yo grité “!Mongo. La cuenta!”.
Unos pasos se aproximaron hacia la mesa. Unos pasos que sin duda te recordaron a los que oías en el apartamento, acercándose a la cama donde yo te ataba, húmeda y expectante.
La bandejita sonó al ser depositada sobre la mesa. Por supuesto, él no podía hablar. Retiré la cuenta para firmarla, mientras te ordenaba “Deja tu tanga de zorra en la bandeja. Así ya tiene dos”.
Te lo sacaste meneando sensualmente, y su aroma a hembra en celo nos llegó a ambos.
Sin embargo, antes de depositarlo, hiciste algo que yo ya había calculado. Abrir los ojos ligera y fugazmente, para no proceder al azar. Acto seguido, depositaste el tanga pringoso dentro de la bandeja, encima de la cuenta firmada. Sin prisa y con una sonrisa que delataba la satisfacción más íntima.
Te habían bastado esas milésimas de segundo para ver que la mano de Mongo era negra.
Lee la noticia de la fuente original...