Ambos queríamos que el apartamento fuera el mismo. Y el mismo alquilamos.
Lo reconocí, aunque la vez anterior apenas lo viera. La atmósfera cutre, la estufa barata, la neverita, la lámpara con la bombilla roja… y la cama. Esa cama de matrimonio, donde ante mi esposo un silente y voluminoso desconocido pagó para abrirme, inspeccionarme, olerme y masturbarme, mientras yo no podía ver ni tocar.
Suspiré, recordándolo lúbricamente. Con más precisión que nunca, dado el lugar. Cuánto me gustó, cómo me corrí, qué ganas de volver…Pero tu voz cortó mi memoria indicando “Prepárate, cariño”. Asentí, quedándome como habías dispuesto. Medias negras de rejilla, con costura a los lados, y unas bragas del mismo color. Bastante grandes, tipo culotte, y de encaje fino.
“Perfúmate. Sobre todo la espalda”, añadiste, y temblé. ¿Habías pensado algo… por detrás? Obedecí, en todo caso. Y no me equivoqué en mi predicción, porque apenas perfumada, me cubriste el rostro con el antifaz de la otra vez y pediste “túmbate boca abajo, abriendo brazos y piernas”.
Lo hice a ciegas, guiada por tu mano. A continuación, me encadenaste cada tobillo a las correspondientes patas de la cama, abriéndome a más no poder. Grité, y preguntaste “¿duele?”. Respondí “Pero me gusta”. Después, ataste una de mis muñecas al cabecero. Ibas a hacer lo mismo con la otra cuando sonó el timbre.
Sentí un escalofrío. Susurraste irónico “Está tan impaciente que llega antes”, y tras hacerle esperar unos segundos, gritaste “Espera”.
Volvió a hacerse el silencio, mientras mi otra muñeca era encadenada. Después, encendiste la lamparita roja y apagaste la luz.
Mi cliente ya había llegado, aguardaba que yo estuviese a punto para él, según disponía mi marido… Esperaba tras la puerta, impaciente. Sentirlo acrecentó esa apetencia lasciva que yo había ido acumulando desde la vez anterior, que se concretó en humedad apenas empecé a desnudarme.
Quería que entrase ya, que me tocara con sus dedazos, que hiciera lo que hubieras pactado con él… con mi cuerpo aún más indefenso y abierto que la otra vez, ahora boca abajo y con bragas. No me habías anticipado por qué debía ser así. Sólo dijiste que ibas a volverme a castigar, por puta. Y que lo soy tanto que me iba a correr con el castigo. Ilusionada, te recordé que sólo pensaba en ese castigo. Sólo en eso, nada más. Por eso te convencí, incluso pidiéndote ir más lejos. Y lo hice usando tus argumentos preferidos.
“¿Qué tal está mi mujercita?”, preguntaste tocándome bajo las bragas. Mi humedad respondió. Hasta aumentó al delatar así mi impaciencia.
“¡Qué ganas tienes!”, susurraste, añadiendo “Y qué guarra eres”. Asentí, sonriéndote dichosa. Y acto seguido gritaste “Entra”.
La puerta se abrió en un santiamén, y el hombre entró, cerrándola de inmediato, sonoramente.
Se aproximó a la cama sin más tardar, con la respiración agitada.
Era el mismo, sin duda. El cliente de la otra vez, mi primer cliente. El primer hombre que había pagado por mi chocho, que lavé y depilé para él. Como hoy.
Herví emocionada cuando le dijiste “Aquí está. La puta que tanto te gustó”. Él asintió, obviamente le habías vuelto a prohibir hablar. Como a mí. Seguiste hablando, mientras te oía abrir la nevera y servirte una copa. Tus siguientes palabras me caldearon más y más. “Ahora boca abajo, y atada por completo… Mira todo lo que quieras… ¿Te gustan las medias, las bragas?… ¿Te llega el perfume?”
Oí al hombre acercarse más, debía estar ya prácticamente encima. Mirándome, quizá ya empalmado. Cuánto tiempo esperando este momento…
Cerrando la nevera, le indicaste “El dinero, primero. Lo de hoy cuesta 120 euros”.
Le oí pagarte, dichosa de ser otra vez carne de alquiler, ávida por justificar una tarifa mayor que el otro día. Después, se acomodó en la cama, sin que esta vez tampoco le oyera desvestirse. Situado en el espacio entre mis piernas, empezó a tocármelas.
Otra vez esas manazas, por fin. Recorría las medias de arriba abajo, recreándose en las redes, en la costura. Me gustaba mucho, pero apenas podía menear. Me habías atado tan abierta y fuerte, adrede, que cuando me movía las ingles se resentían.
De repente, empezó a recorrer mis nalgas con sus labios, ensalivando las bragas por todas partes.
Lamía y besuqueaba rudamente pero con delectación, mordisqueando a veces. Después, hundió el morro en la entrada de mi culito. Chupándolo sin cesar, introduciendo con ansia la lengua, como si me estuviera sodomizando con ella. Cuando no pudo más, retiró ligeramente la boca, recuperó el aliento y comenzó a bajar la lengua, hacia mi chochito.
Ya entendía mi castigo. Sentir esa boca hambrienta, esa lengua rasposa, ¡pero sólo por encima de las bragas! Por eso elegiste unas finas y grandes.
Ardiendo, me revolví lo que pude para facilitar que su boca llegara hasta mi clítoris. Quería sentirla allí, por muy protegido que estuviera por la maldita braga. Pero era imposible, mi cuerpo estaba casi pegado contra la cama. El cliente notó que su ansiedad era la mía, pero tuvo que conformarse con chupetearme el chocho por la parte de abajo, la única a su disposición. Obviamente, le habías prohibido retirar o quitarme las bragas.
Te oí beber a mi derecha, seguro que contento de la idea. Mi gorila no podía disfrutar realmente de mi chochito, ni tampoco mi chochito de su bocaza. Buen castigo, enhorabuena.
Pero sin duda notabas que así también estábamos gozando. Ambos. Morbosamente. Yo chorreaba, sintiendo esa enorme lengua intentando en vano entrar en mi anhelante vagina, mientras los dedos de aquel hambriento se clavaban en mis glúteos.
Aunque me doliese por las ligaduras, rozaba el clítoris contra el colchón. Intentando concentrar mi sensibilidad íntima para la boca de mi cliente, procurando sentir su lengua como si no existieran las bragas.
En mi fantástica mezcla de placer y frustración, noté un dedo tuyo acariciándome la boca. Me preguntaste “¿Qué tal, putita?”, y yo, que cada vez disfrutaba más de la situación, susurré “Qué malo eres, cariño”. Te oí dar un buen sorbo, y a continuación dijiste “Pues ahora verás”.
Como si hubiera sido una orden, el cliente elevó la boca de mi entrepierna, agarró ambas partes de la braguita y la desgarró.
Se me escapó un grito. Ahora estaba indefensa. Y anhelante por ambas entradas.
Meneé lo que pude, gozando del roce de la sábana contra mis pezones erizados, contra mi desnuda entrepierna jugosa. La boca del cliente me había enardecido, quería más y más placer. Para mi cuerpo, para tus ojos.
Te oí situarte a la derecha del cliente. Claramente, no querías perder detalle de lo que iba a pasar al cuerpo de tu mujercita, iluminado de rojo en la penumbra.
Sin embargo, no tuve tiempo de calcular cuál sería el siguiente paso que habías planeado. Porque la polla del gorila empezó a jugar con mi chochito, recorriendo todo lo que le permitía mi postura. Pero sin entrar.
Qué dura, que apetente la notaba, cómo me estaba incendiando, qué suplicio tan dulce… Sin duda, ese monstruo notaba cuán empapada estaba por su causa.
Acto seguido, empezó a entrar. Despacio, muy despacio. Aunque no hallara resistencia, precisamente. Me revolví y grité un poco, aunando miedo y placer. ¿Ibas a permitir que me follara? ¿Se había puesto un preservativo sin notarlo yo?
Oí tintinear los hielos en tu vaso, y eso atajó mi amago de romper la prohibición de hablar. Tenías todo controlado. Pero seguro que los celos te estaban haciendo temblar. Porque nunca habías visto esto. Un hombre penetrándome.
Me estremecí de placer, por mí y por ti, mientras esa gran polla avanzaba, con precisión y sin que él se tumbara encima de mí. Era tan enorme como capté la otra vez. La notaba larga y gruesa a la par, la intuía llena de rugosidades y venas hinchadas. Parecía desgarrarme, y cuánto me gustaba… Posiblemente tenían razón mis amigas confidentes, y el cliente era un negro descomunal. Y sin duda estabas enfermando de esos celos lascivos que tanto te gusta sentir, mirando hipnotizado esa brutalidad de polla perdiéndose progresivamente en el chochito de tu mujer.
Sin embargo, tras llegar al fondo, la polla inició el retroceso. También despacio, pero menos. Una vez fuera, recorrió la línea entre mis nalgas, sin prisa tampoco, rozándose. Se me escapó un suplicante “vuelve…”, violando tu orden de no hablar salvo para responderte, de tan frustrada que estaba por el gran vacío que acababan de dejarme.
Como si hubiera oído mi ruego, volvió a metérmela. Gemí de gozo, sacudiendo brazos y piernas, disfrutando también con el dolor que me producían las ligaduras. Pero penetró de la misma forma. Fríamente, entrando hasta el fondo, volviendo a salir.
No, no, no… ¿por qué me torturáis así? Quiero esa polla monstruosa follándome, follándome sin piedad, con toda la potencia que pueda reunir.
Entró una tercera vez, esta vez con una arremetida seca, hasta el fondo. Sofocada de deseo, meneé desesperadamente para impulsarle a moverse, para retenerle. Justo entonces, te oí avanzar para situarte ante mi rostro y arrimar tu polla a mis labios, ordenando “besa, zorra. Nada más”.
Apenas empezar a obedecerte, lo comprendí todo. La polla de mi cliente entrando y saliendo, sin follarme. La de mi marido en la boca, sin admitir que la chupara.
Por primera vez en mi vida estaba con dos hombres. Pero no podía follar con uno ni chupar al otro. Éste era realmente mi castigo.
El cliente estaba inmóvil dentro, durísimo. Mientras, sus manos jugaban con mis bragas rotas. Yo meneaba todo lo posible, lacerando muñecas y tobillos, pero aquella colosal polla no se movía ni un milímetro. ¿Cómo puede tener ese control, quién es?
Al tiempo, besaba milímetro a milímetro tu punta, hinchada y húmeda.
Qué idea fabulosa has tenido, cariño. Por fin la captaba, a tope, merecidamente. Era un castigo genial. Dos pollas a la vez, pero ninguna. Por puta.
Cuando por fin asumí esto, a fondo en mi emotividad, me sentí particularmente satisfecha y especialmente feliz. Y estallé en un orgasmo monumental, mientras eyaculabas sobre mis labios con la firme polla del cliente impertérrita en mi chocho. En ese momento, me sentí más mujer que nunca.
Acto seguido, el cliente abandonó mi cuerpo de golpe, con un movimiento brusco, y de un manotazo cogió mis bragas rotas. Mientras te rebañaba el semen, le dijiste “Hasta luego. Hablamos”, y segundos después oí cerrarse la puerta.
Me quitaste la venda y empezaste a desatar mis muñecas, al tiempo que tu polla entró en mi boca, dispuesta a no perdonar ni un segundo de dureza de mi marido. Me pareció tan ridículo preguntarte si el cliente usó preservativo que no lo hice.
Pero cuando sacaste la polla de mi boca, sí que te dije “¿Por qué le has dejado llevarse las bragas?”. Y respondiste “Por celos. Nuestro vecinito no debe ser el único en nada”
