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De rebajas

Ya han pasado las Navidades, y las luces y adornos navideños de las calles han sido sustituidos por un sinfín de carteles de todos los colores que rivalizan por ofrecer más descuentos que ninguna otra tienda. Hoy, mientras vuelvo a casa por una céntrica calle peatonal, intento no darme por enterada de las tentaciones que me llaman desde los escaparates, pero al pasar por uno de ellos, llamativamente dispuesto como los demás, no puedo por menos de pararme y entrar a mirar si hay algo que merezca la pena.

No por nada esta es mi lencería favorita. En parte es tienda de ropa interior, y en parte es un sex shop, pero dispuesto con delicadeza y buen gusto. Hoy sin embargo no busco juguetes, sólo algún conjunto nuevo que, ya estoy pensando en ello, pueda llevar la próxima vez que nos veamos.

Al principio la variedad de la oferta es casi mareante: desde los expositores me llaman prendas de todos los colores, no sólo blanco o negro; rojo, morado, rosa, azul; rasos, sedas, gasas; prendas más o menos delicadas, de firme cuero o de encajes que parece que van a romperse en las manos. Pero todas con algo en común: no sirven para cubrir o proteger, sino ante todo para exponer, ofrecer y seducir.

Después de deambular un buen rato por la tienda, tocando texturas y mirando precios, me acabo decidiendo por un conjunto de seda rosada, con encaje y cintas negras que dibujan un entrecruzado como las tiras de un corsé. El sujetador muy armado, hecho para realzar, contrasta con la ligereza del tanga, apenas un trozo de tela con cintas. Me dirijo a la dependienta para decirle que quiero probarme el sujetador y me conduce a los probadores, al fondo de la tienda.

Hay dos, y cada uno, aunque pequeño, sigue el mismo estilo decorativo del resto de la tienda: lamparitas con pantalla de seda, una banqueta tapizada, espejos barrocos, colgadores con perchas de cristal. Una gruesa cortina me aísla de la vista ajena, y la dependienta, después de advertirme que puedo avisarla tocando un timbre, cierra el acceso al probador con un ancho cordón de seda.

Fuera, oigo las risas de varias chicas que estaban mirando camisones, puede que para regalárselo a alguna amiga que va a casarse. La cortina aleja los sonidos y me da una intimidad que resulta cómoda. Me desnudo de cintura para arriba, ajusto los tirantes del sujetador, me lo pongo y me contemplo en el espejo: no sin motivo estos escotes se llaman balconet, mis pechos se levantan altivos y realzados, tentadores para tus manos. Me pongo a imaginar si te gustará cuando lo veas, si querrás quitármelo de inmediato o preferirás que lo lleve puesto todo el tiempo, simplemente apartándolo para acariciarme los pezones.

La idea me excita tanto que, sin pensármelo dos veces, me quito el resto de la ropa quedándome sólo con el sujetador, saco del bolso el móvil, me hago una fotografía y te la envío con un mensaje: “¿te gusta lo que me he comprado?”. Me miro casi desnuda en el espejo, pienso en ti recibiendo la foto y mirándola a hurtadillas en el despacho, imagino cuánto te gustaría poder estar espiándome a través de la cortina, o mejor aún, metido conmigo en el reducido espacio del probador, quizá sentado en la banqueta, cogiéndome con tus manos por las caderas y acercando tus labios a mi sexo; quizá de pie, arrinconándome contra la pared, mientras tus dedos se abren paso en mi interior y yo juego con las manos por dentro de tus pantalones, espoleados por la prisa y el riesgo de que nos encuentren…

Cuando voy a pagar, hay un chico atendiendo la caja. Me mira sonriente, y yo, pensando en mis mejillas ruborizadas, me acaloro todavía más. Me cobra el conjunto y me lo tiende en una bolsita rosa y negra.

-Aquí tienes, que lo disfrutéis…

Imágenes: Patrick Demarchelier, Ellen von Unwerth, Mario Sorrenti

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