Y efectivamente, has dado un paso más. Y de gigante.
Estaba claro, cuando me dijiste “La vez anterior tuviste que imaginarlo todo. Por tanto, estaba vez será al revés”. Te contesté “¿Cómo al revés, no lo entiendo”. Y respondiste, con una sonrisa lujuriosa, “Pues está muy claro. Vas a verme… hacer un número a otro”.
Al oírlo, me puse rabioso de celos. Y a la vez me empalmé. No quería que lo hicieras… pero lo estaba deseando. Me conoces, nos conocemos.
Fue esa misma tarde. Sabiendo que iba a autorizarte, le dijiste al vecino la hora exacta, como la otra vez. Tu idea es que yo estuviera en una esquina de la alcoba, justo en la parte que no se ve desde fuera, para que el vecino no advirtiera mi presencia. Ahí me senté. En penumbra, vestido sólo con el albornoz y un buen vaso de piña colada junto a una mesita.
Tú dirigiste la luz de la mesita de noche hacia la cama, el resto de la alcoba estaba a oscuras. E hiciste todo lo que hiciste mirando sólo hacia la ventana. Mirándole a él, como si yo no existiera, y estuviese en alguno de mis viajes. Perfectamente depilada, peinada y maquillada, vestida sólo con unas medias rojas de rejilla, que te había regalado yo, y un tanguita también rojo y de red, que no había visto nunca. Obviamente, lo habías comprado a mis espaldas. Expresamente y para él.
Empezó el espectáculo. Tú tocándote de arriba abajo, relamiéndote, meneando despacio y sensualmente, erizándote bien los pezones. Yo dando sorbitos al cóctel, mientras pensaba “¿Qué habrá pensado mi mujercita?”.
Poco después, cuando obviamente ya estabas bien caliente y empapada, te sacaste el tanga poco a poco. Después, te abriste del todo, para que el vecino pudiera verte con todo detalle, también el culito. Y a continuación cogiste el tanga y te lo llevaste a la boca. Dándole besitos y olisqueándolo sensualmente por la parte de dentro. Despacio, con mimo. Como si fuera un amante. Mientras, con la otra mano comenzaste a tocarte el chochito. Primero por los lados, sin cubrirlo. Después abriéndolo obscenamente. Sin dejar de mirar hacia la ventana, hacia arriba, hacia él.
En la oscuridad, empecé a tocarme, pensando, “Qué buena está, qué puta es, cuánto la quiero”. A sabiendas de que eso no iba a ser todo, porque sabía que no iba a bastarte.
Y desde luego, no lo fue. Cuando te notaste bien húmeda, hiciste algo que no yo podía anticipar, ni de lejos. Te llevaste al tanga hacia el chochito, y comenzaste a metértelo. Despacio, muy despacio. Hasta que desapareció por completo.
Di un buen trago, mirando hipnóticamente tu entrepierna. Nunca me habías hecho eso a mí, y tenía que verlo en estas circunstancias. Escondido, mirando de refilón. Mientras un jovencito lo estaba viendo perfectamente, desde el piso de arriba.
Seguías mirándole, mientras te acariciabas el chochito por fuera, con ambas manos. Muy despacio, sin meterte los dedos, resistiendo la tentación de dirigirlos hacia el clítoris. Nunca apartabas los ojos de él, jamás traicionabas mi presencia, sonreías con una lascivia increíble, al tiempo obscena y sofisticada.
Entonces, con la mano izquierda empezaste a sacar el tanga. Lentamente, tirando despacito hacia fuera, gozando con la operación. Muy, muy despacio. Después, volviste a llevártelo hacia la boca. Y lo saboreaste con los labios y la lengua, por fuera y por dentro, con la boca muy abierta. Gozando con tu aroma íntimo, con el sabor profundo de tu chochito. Al mismo tiempo, con la mano derecha alcanzaste un orgasmo escandaloso, gimiendo y meneando sobre la cama con el tanga pringoso en la cara.
Yo estaba turbado, nervioso. En la oscuridad, en silencio, como un intruso. Cuando soy tu marido… Bebí un poco más. Nunca podía imaginar que fueras a hacer algo así, cariño. Evidentemente, superaste nuestra fantasía anterior. De no haber visto nada… a ver demasiado.
Entonces, apagaste la lamparita, y en la oscuridad te arrodillaste ante mí. Mi cerebro estaba obnubilado, mis piernas estaban abiertas, mi polla más dura que nunca. No podía hablar, y terminé el cóctel, mientras a mis pies me susurraste “Cierra los ojos y recuerda lo que has visto”. Acerté a contestar “Sí…”. “Piensa en lo puta que soy y te correrás como nunca”. A continuación te metiste suavemente mi polla en la boca, sin tocarla, mientras tus manos acariciaron mis muslos. No resistí ni cinco segundos. Eyaculé un montón de semen acumulado. Que tú tragaste en su integridad, hasta la última gota.
Después te levantaste, bajaste la persiana y encendiste la luz. Antes de poder yo abrir la boca, me pediste amorosamente “No digas nada, mi vida. Lo comentaremos todo esta noche, en la cama. Abrazaditos”. Yo asentí, y mi mirada inevitablemente se desvió hacia el tanga pringoso, sobre la cama. Te pregunté “¿Y eso?”. Y me respondiste, con una expresión indefinible, “Lo compré adrede y se lo prometí a él”. “¿Cómo?”, respondí. Y me contestaste, sonriendo “Claro, mi vida. Se lo meteré así, tal cual, en el buzón. Como recuerdo de mi chochito. Quién sabe, igual lo encuentra primero la golfilla que vive con él”.