Mojada

Apoyas la cabeza en mi vientre, sin mirarme, mientras tus dedos juegan en la entrada de mi cuerpo, el corazón y el índice deteniéndose en mi ano, apretando el exiguo trocito de carne que lo separa de la vagina. No se adentran, noto. Me separan los labios, siguen subiendo hasta mi clítoris, el corazón se me baja mientras haces círculos muy lentos. No me ves sonreír -la boca entreabierta, los ojos cerrados-, siempre atento a mi respiración mientras yo, que no puedo hablar, te acaricio el hombro, te lo aprieto y gimo. Entonces ya sí: me palpas por dentro, tu pulgar en mi pubis y yo te pregunto:
-¿Estoy mojada?
Ahora veo tu sonrisa socarrona mientras sacas los dedos y les abres paso entre mis dientes:
-Tú qué crees...
Imagen de Bruno Bisang.
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