.


Una sola vez

Una sola vez, dijo. Y acepté sin pensármelo un segundo.

Una sola vez nos citaríamos en un hotel de una ciudad que no sería ni la suya ni la mía. Una sola vez su cuerpo entrevisto, imaginado, soñado, cobraría sabor, olor y tacto. Una sola vez crearíamos un paréntesis de tiempo suspendido entre dos líneas paralelas que ya no volverían a encontrarse.

No llegué a llamar a la puerta de aquella habitación que guardaba en su interior la certeza de un placer hasta entonces sólo presentido. Estaba entreabierta, él esperándome y sabiendo que no llegaría ni un minuto más tarde de la hora que propuso. El cuarto era igual que todos los cuartos de todos los hoteles del mundo, pero las cortinas echadas creaban una penumbra submarina, y la moqueta silenciaba el sonido de mis pasos. Sólo su respiración y la mía eran reales. Era real el temblor de mis piernas y el corazón bailando una danza salvaje dentro de mi pecho.

Sabía que al primer contacto de su piel me derretiría y me convertiría en una prolongación de sus manos, sabía que respiraría de su aliento como si no hubiera más aire y sabía que bebería de su boca como un náufrago sediento. Sabía que nunca mis brazos abarcarían nada tan amado como su cintura, que mis labios se perderían para siempre en su vientre y que hubiera podido acariciar su espalda hasta aprender de memoria cada una de sus líneas.

No hizo falta pedir nada, porque todo ocurrió en aquellas horas escasas e innumerables; no eché nada de menos porque todo lo tuve y todo lo di, yo dentro de él y él dentro de mí, llamándonos por nuestros nombres que quizá no fueran nuestros, resbaladizos de saliva, de luna, de semen, de sudor y de versos.

Una sola vez estuve a su lado. Una sola vez que quedará a salvo de la rutina y del olvido, guardada en el rincón donde pongo los regalos que de cuando en cuando me hace la vida.

Foto: P. Suárez

Lee la noticia de la fuente original...

Leave a Reply