Enamorarse

Ni me importan los años, ni los kilos que le sobran; al contrario, me gustan como me gustan esos ruiditos que emite, que muchos encontrarían molestos y a mí me resultan excitantemente familiares.
Me vuelve loco sentirla pegada al culo, ceñida y firme. Me pone sentir cómo responde a cada uno de mis movimientos, dócil y gozosa, pero también fiel a sus propias reglas y su propio carácter. Puedo hacer con ella lo que quiera, sí, pero siempre que respete lo que es. Marco el ritmo, pero ella traza el camino.
Bajo mi cuerpo, la siento vibrar y esforzarse y saltar de gozo y estremecerse. La libertad, se me ocurre, es buscar juntos el camino.
Centauro de quita y pon, le echo carreras a la brisa por la senda que me devuelve a los gozos sin mancha de la infancia.
Sólo han sido unos días, pero sé que pasaré meses echándola de menos.
Las bicicletas, definitivamente, son para el verano.
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