Desde que abrieron la panadería debajo de mi casa no puedo quedarme en la cama remoloneando. El primer día ya empezaron a trabajar cerca de las siete de la mañana abren la persiana con una fuerza inusual para ese horario haciendo un ruido terrible y no puedo conciliar el sueño después. Realmente me lo tomé a bien, a partir de ese día tomé la determinación de enfundarme en un chándal y salir a correr la hora de sueño que no tengo. Llevo corriendo tres meses y tengo que contaros que no han sido perdidas, a parte de que me encuentro más ágil, menos cansado, he descubierto cosas que antes me pasaban inadvertidas.
Suelo tropezar con la vecina del quinto, tiene un cuerpo bonito pero siempre parece gris, la pobre llega a casa después de una dura jornada de trabajo en la empresa de bolsas en la que se gana el sueldo para mantener a sus hijos y al noviete que se ha echado, aún así me saluda con una sonrisa, le respondo dándole las buenas noches con toda la calidez que mi voz alcanza a esas horas. También me encuentro con Mario, el novio de Jesús, un antiguo compañero de la universidad, sale de casa con una sonrisa, se nota que pasó buena noche, doy fe de ello, viven en la pared contigua a mi salón y ayer tuve que subir un tanto el volumen del televisor para no escuchar ciertos gemidos, tiene un aspecto impoluto dispuesto a comerse el mundo si hace falta sin las patatas, serio y encorbatado, sería el típico yuppi si viviéramos en New York.
No hay mucha gente en la calle a esas horas, pero las que hay se merecen un libro, como Doña Augusta por ejemplo, es una viejecita encantadora, pero reconozco que a veces intento esquivarla porque su conversación no tiene límite. Tendrá unos ochenta años pero se conserva muy bien, tiene la mente despierta y la lengua ágil, con cada charla con ella descubro nuevas cosas, tiene ojos para todos, sabe cualquier cosa de mi edificio y de la calle entera. A estas horas Doña Augusta pasea a su can, lleva galletitas en los bolsillos por si el “chiquillo” quiere lanzarse a una carrera, puede más el hambre que la libertad, siempre me dice ella con una sonrisa. Es una buena mujer.
Os tengo que contar lo más importante, hace un mes tropecé con una mujer, no sé su nombre, ni de donde es, no la he vuelto a ver pese a que sigo corriendo por el mismo lugar, ando escudriñando los rincones de la calle para encontrarla pero no la veo, desde que me ocurrió no puedo pensar en otra cosa, ella se ha llevado algo mío, necesito volver a verla. Lo que ocurrió fue especial, asombroso, aún ando conmocionado como podéis observar.
Andaba yo, mejor, corría yo por la calle de los rosales cuando de entre ellos asomó el cuerpo de la mujer más hermosa que he visto en mi vida, y no miento. Era escultural, el cabello rojizo le llegaba hasta la cintura, peinado con ondas que enmarcaban su rostro, no era un rostro dulce no, su mirada penetrante te deja helado, sus facciones marcadas denotan su perfil distinguido, no parece una mujer normal, parece sacada de una revista de moda o incluso de una novela de ficción. Sus ojos almendrados, sus largas pestañas, su cutis blanquecino y su boca grande y gruesa enmarcando unos dientes como perlas. De gran altura, conozco mujeres altas, pero ninguna me llega más allá del hombro, ella en cambio es equiparable a mi metro noventa y cinco. Me paré en seco al verla, creí estar soñando en mi habitación cuando la observé salir de entre aquellos rosales. Se dio cuenta de mi asombro y lejos de seguir su camino se acercó, se plantó delante de mí en unos segundos en los que me deleité con su caminar, paso seguro, como si me hubiera estado esperando, su boca entreabierta, relajada, no dijo nada simplemente me cogió de la mano y me acercó a ella. Sorprendido y casi asustado tampoco acerté a decir nada, me olvidé por completo de donde estaba, de quien era y me dejé arrastrar por ella.
Lo que pasó a continuación todavía hoy no puedo explicarlo, mi cuerpo reaccionó ante ella, una pared apareció en mis espaldas, mis ropas desaparecieron sin saber como, aquella boca me engulló entre respiraciones entrecortadas y exclamaciones de placer, un lecho de hojas y algodones surgió de la nada para servirnos de nido. Ella quería poseerme del mismo modo que yo, descubrí su cuerpo y lo saboreé por completo. Sin ningún tipo de pudor enlazamos nuestros cuerpos dándonos todo el placer que ansiábamos, fue violento, fue dulce, fue un sinfín de sensaciones, fue descubrimiento, fue pasión, fue fervor, fogosidad, fue sexo, el mejor sexo del que he disfrutado en mi vida, fue gozo, fue estallido, fue plenitud. Todos los amantes deben expresar así su relación pero lo nuestro no tuvo nada que ver con el amor, sino con el deseo, la codicia, la avaricia, el hambre, la sed, la vida. Cuando saciados ambos nos dejamos abandonados sobre el manto de follaje quise observarla tranquilamente, fue entonces cuando todo desapareció y me encontré solo, desnudo y con sensación de vacío, la conmoción de haber nacido y no saber nada me acompaña todavía.
Entendedme ahora por que sigo buscándola entre los rosales, nunca volveré a sentir lo mismo que aquel día si no la vuelvo a ver, necesito encontrarla para recobrar mi cordura, mi estabilidad. Mis amigos intentan ayudarme, Doña Augusta nota algo, no deja de repetirme que soy buena persona y que pronto encontraré a alguien, su mirada me da miedo, pienso que ella sabe lo que me ocurre, no sé como, pero sabe de mi ansia, de mi desesperación. Y mientras sigo corriendo por la calle de los rosales esperando que un día la buena fortuna del madrugador me sonría y poder encontrarla. Si alguno de vosotros la hubiese visto…si la tuviera para si….devolvédmela, ya sin ella no puedo vivir.