Culo de hombre.
(Continuación de “El vicio Inglés”)
A veces, en la batalla íntima de los amantes, se producen escenas tan inauditas que sonroja revivir; secretos de alcoba opuestos al habitual decoro que causan un pudor tremendo al ser nombrados y que colindan el abandono absoluto. Sacar a la bestia es un acto de profunda confianza y en el secretismo tácito entre sus protagonistas reside el elixir mismo de la libertad.
Si me decidiese por narrar aquellos gestos entre en profesor filósofo y yo, si repitiese aquellas palabras, cometería un pecado grosero y no seré yo la que comadree frívolamente acerca de lo que aconteció en los amplios e impolutos baños de señoras de la librería. Lo que allí hicimos (¡ay lo que hicimos!) lo que allí nos dijimos en gemidos susurrados (¡Ay lo que él me dijo! ¡Ay lo que le dije yo a él!) he de reservármelo.
Sin embargo,
se me hace difícil callar momentos tan catárticos que han movilizado zonas en mí antes dormidas. He de desahogarme y me permitiréis que lo haga sublimando aquellas sensaciones que me invadieron con el filósofo. Me desfogaré narrándoos una fantasía con Víctor -el protagonista imaginario de Crisol Púbico-. Me desfoguaré por escrito como lo hice en la realidad con el profesor que me adentró en el gusto por la nalgada, la nalgada cabalgada.
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Leed:
“El culo de Víctor”, número 33, de la novela capitulada Crisol púbico.
El culo de Víctor es precioso, diríamos perfecto en forma, tamaño, densidad y frescura. No es sólo a Laura a la que le abruma ese trasero, cualquier mujer mínimamente sensual se acalora al visualizarlo. Son músculos que contraídos parecen rocas graníticas, relajados flan de huevo, golosina que tienta lamer. Piel tan engatusadora, que una se rebela ante tamaña perfección, que una no puede reprimir determinados pensamientos impuros.
Bonito es, con exceso, apetecible con derroche, ¡esa combinación entre dureza y elasticidad! ¡esa textura neumática! pero lo que de veras nos trastorna no es tanto su belleza como la indecencia que provoca, la obscenidad en la que nos envuelve aun a pesar de nuestra voluntad.
Para intentar explicar las locuras que desata la presencia cercana de ese culo viril, diré que una debe agarrar una mano a la otra para no alargarla y meter mano a esos glúteos calientacoños que invitan a ser pellizcados, cacheteados, rasgados con las uñas y mordidos con los dientes. Al principio nos sentimos confusas ante tal reacción de nuestro organismo, pero después de los primeros momentos se desencadena un derroche de lujuria absolutamente irremediable. Ese culo delante de las narices provoca un deseo tan violento que se nos llevan los demonios y una especie de fiebre nos invade, los ojos brillan lascivos, el paladar salivea, los labios de la boca se mojan y todas esas combustiones internas provocan que nos arda la concha, que chorree y se dilate.
Cualquier cosa puede pasar ¡Dios!, que nos encendemos con esas cachas, ¡joder!, que nos inflamamos, coño, que dan ganas de abrirlas, hostias, palmearlas con la mano abierta, la puta, escupirles, cojones, que qué mierda no tener una polla entre las piernas, joder, una polla de caballo para hincársela a este cabrón, joder, y follarme su culo con empitonadas que se claven en su alma.
Otras veces que me he desahogado en Víctor:
Recibido desde: Culo de hombre.






























