Las urgencias sexuales son malas consejeras.
Gonzalo espera a la enfermera en la puerta del hospital. Está vestido con traje de calle y con su maleta en la mano. La verdad es que hace días que está fuerte como un roble. Si se quejaba de agotamiento era unicamente con la finalidad de prolongar su estancia hospitalaria en la que tan feliz ha sido. Pero ahora ya no tiene sentido y ha decidido abandonar el hospital, eso y vivir, desde hoy mismo con Alice. Hasta el fin de sus días.
- Alice, ¿quieres ser mi mujer?
Alice le mira con tristeza.
- Pero si tú ya estás casado.
- Desde hoy, si aceptas serás mi mujer y te acompañaré en las alegrías y en las penas. Todo lo mío es tuyo.
- Anda, invítame a un cafecito y lo hablamos con calma.
Unos minutos más tarde Gonzalo toma las manos de Alice y le habla con mucho sentimiento:
- Te quiero, me muero por tí. Jamás he sentido algo así por una mujer. Pediré el divorcio. Lo tengo todo pensado, nos iremos a vivir juntos. Desde hoy mismo. Tengo una buena pensión, y varios locales que me rentan, la mitad será para mi esposa, pero el resto nos dará para vivir con soltura. Viajaremos, iremos a Venecia, a París, adonde tú quieras. Te compraré vestidos preciosos.
Gonzalo tiene gesto emocionado pero Alice sonríe un poquito escéptica. Ya ha escuchado palabras así muchas veces, claro que a éste se le ve más sincero que otros y a ella, dadas las circunstancias, le vendría de perlas tener un buen compañero. Porque el momento que vive Alice no es como para echar bombas. No sólo se acaba de quedar en el paro, es que además está metida en un feo asunto de cuernos.
Cuando el cabrón se largó, Alice se vio imposibilitada de pagar el alquiler y entonces una pareja colombiana, que recién habían tenido un bebé, la acogieron en su casa a cambio de una cuota modesta. Ella encajó allí de maravillas especialmente con la chica, Tati, de la que se hizo íntima. Pero hete ahí que Tati trabajaba los miércoles por la noche y ese día se quedaban a solas el apuesto marido y Alice. Él es un hombre pequeño y de cuerpo compacto que ronda los veinticinco y que no dudó en aprovechar su oportunidad los miércoles por la noche. Como cualquier joven siempre andaba dispuesto a ampliar su trayectoria sexual y se acercaba a Alice más de la cuenta, le propinaba arrumacos un poco impropios dado su estado civil. Ella, con su carácter juguetón, le seguía el cachondeo sin más. Sin imaginarse ni remotamente dar un paso en falso. Esto hasta que uno de esos miércoles de marras pasó lo inevitable. Alice estaba en la cocina faenando. Se acababa de duchar y había puesto su ropa interior, como era su costumbre, en la cesta de la ropa sucia. Pues cuál no sería su sorpresa, cuando lo ve apoyado en el canto de la puerta muy sonriente con sus braguitas -las que acababa de poner en el cesto- en la mano, delante de la nariz.
- Eres un payaso, le dice.
Él ni se inmuta, sigue aspirando el aroma y su sonrisa se va transformando en seriedad.
- Tú ya sabes que yo te tengo ganas, Alice.
- Anda, déjate. Que bien que estáis tú y Tati.
- Tati desde el bebé no es la misma, no se quiere dejar coger, dice que le duele.
Mientras le explicaba sus problemas maritales se le había acercado mucho y, todavía olisqueando sus bragas, había pegando la pinga a las nalgas de ella.
Ya vamos conociendo a Alice. Ya sabemos que no está hecha de hielo, que se templa con facilidad, pero esta vez todavía opuso un poco más de resistencia.
- Sepárate, por favor te lo pido.
Pero, ¡ay! La carne es débil y Alice lleva ya unos meses sin un consuelo. Ese bulto apretándose cada vez más fuerte en sus cachas, rozándose, frotándose, le enciende las carnes. Cuando la sangre se enciende no hay razonamiento moral que la apague. Y allí se dejó montar Alice por el marido de su amiga. Allí mismo, en la cocina. Sentía las empitonadas bravías y el cuerpo le vibraba todo, ¡qué gusto da virgen santísima!, ¡cómo agradece el organismo ese bombeo!, ¡qué maravilla sentir ese pulso primitivo! ¡sublime explosión de los sentidos!
La escena se repitió, con lógicas variantes, cada miércoles. Así desde hace dos meses. La situación empieza a ser insostenible. Ella, ahí, conviviendo con la pareja. Tati absolutamente confiada, intimando con ella, los tres jugando al dominó los domingos en la sobremesa con el remordimiento y el deseo alternándose en esquizofrenia. Esos polvos urgentes tiene la característica de dejar el cuerpo alegre y el espíritu triste y ¡cuánto desgastan!
De modo que Alice se siente en estos momentos una vaca sin cencerro, una oveja extraviada, una perra sin bozal y Gonzalo puede ser una magnífica vía de escape. No es que lo quiera por interés, o en cualquier caso su interés no es mayor que el que se suele encontrar en una relación amorosa cualquiera.
- Vamos a ir inmediatamente a hablar con Carmen, dice Gonzalo, el apartamento está para entrar. Viviremos allí mientras no encontramos algo mejor.
- ¿y quién es esa Carmen?
- La camarera de Crisol, el bar donde acostumbro a ir cada mañana a tomar el café.
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Capítulo 59 de Crisol Púbico.
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Como ves hay variedad para todos los gustos, chicas tomad nota ;-)
El médico eyacula en el cojín.






















